Genéticamente, Adán es la costilla de Eva

 

Genéticamente, Adán nace de la costilla de Eva

 

© Llorenç Guilera

 

¿Por qué las mujeres y los hombres somos tan diferentes? ¿Por qué los respectivos cerebros, externamente tan iguales, funcionan de una manera tan distinta?

 

Durante la mayor parte del siglo XX, se creyó que las diferencias eran causadas únicamente por la distinta educación que se les daba a los niños y niñas en función de su sexo. Pero las Neurociencias han mostrado que hay ciertas diferencias de orden biológico que condicionan fuertemente la estructuración interna del cerebro desde las primeras semanas del feto.

 

El funcionamiento de la mente y, en definitiva, la conducta de una persona, dependen de cuatro grandes factores: del sexo del cerebro que recibe al nacer; del programa hormonal que va a marcar el funcionamiento de este cerebro; de la educación que recibe y del entorno social que le condiciona. Los cromosomas que recibe un feto determinarán las hormonas que va a producir y estas hormonas afectarán directamente el funcionamiento de las capas bajas del cerebro (respuestas instintivas y emocionales) y, de rebote, repercutirán en el proceso de las capas altas (razonamiento y planificación).

 

El genoma humano consta de unos 27.000 genes aportados por veintitrés pares de cromosomas. El par 23 consta de dos cromosomas que —si no hay anomalías— serán XX (sexo femenino) o XY (sexo masculino). El óvulo nace femenino con el par XX y la mitad de los espermatozoides pueden cambiarle el sexo sustituyendo uno de los X por el Y que aporta un conjunto de unos 60 genes de diferencia sexual (realmente pocos comparados con los miles que aporta el cromosoma X). Durante las seis primeras semanas todos los fetos crecen igual, pero, si está presente el cromosoma Y, en la sexta semana del embarazo, se activa la producción de testículos en el feto. Estos testículos generan una gran cantidad de testosterona que modifica la composición y estructura de los agregados neuronales del cerebro del feto y cambian de por vida el programa de funcionamiento hormonal femenino por el masculino. Como nos advierte Louann Brizendine, neurobióloga de la Universidad de California: “la forma biológica por defecto en la naturaleza es la femenina”. Lo cual le da pie a la neuropsicóloga eslovaca Petra Gucikova para afirmar: “Genéticamente, Adán nace de la costilla de Eva”.

 

Si el cromosoma Y no está presente, el feto fabrica los ovarios que generan estrógenos y la hormona femenina incide en la configuración de las glándulas y los agregados neuronales que almacenarán el despliegue del programa de por vida del funcionamiento cerebral femenino.

 

Se sabía que las hormonas generan las diferencias en la anatomía reproductiva y en la apariencia corporal con resultados que están creados para ejercer un fuerte poder atractivo sobre el sexo opuesto —resultados que la cultura nuestra acentúa mediante adornos, cosméticos, modas, gimnasios y cirugías. Se sabía que las hormonas afectan a muchas respuestas conductuales. Pero se ignoraba hasta qué punto las hormonas sexuales afectan de por vida la estructura neuronal del cerebro.

 

A los nueve meses, el cerebro del recién nacido tiene programadas por entero las líneas maestras de su vida hormonal que determinarán la musculación natural y la apariencia del cuerpo; el sistema nervioso central; el momento de entrar en la pubertad para madurar las gónadas y despertar la libido; los biorritmos menstruales cíclicos en la mujer y el ritmo más regular y pautado en el hombre; la lentitud de la menopausia femenina y la caída abrupta de la andropausia masculina. Nacemos con las diferencias sexuales “cableadas” en la programación hormonal del cerebro y las diferencias se van desplegando cuando se cumplen las fases de la vida previstas por el mandato biológico de la reproducción de la especie.

 

Desde el mismo nacimiento, el cerebro masculino presenta diferencias estructurales de funcionamiento con el cerebro femenino. Un experimento del Medical Center de Harvard dio a escoger a bebés entre mirar una fotografía de un rostro o un teléfono del mismo tamaño. A un día de su nacimiento las niñas prefieren mirar los rostros y los niños se inclinan por el teléfono.

 

En la transformación que la testosterona causa en el cerebro, los neurocientíficos encuentran las explicaciones de por qué la toma de las decisiones varonil es más rápida (se debe a que el córtex cingulado es de menor tamaño y procesa menos variables) y por qué los varones tienen preferencia por respuestas motoras y una mayor propensión a la agresividad (se debe a que la amígdala y las zonas cerebrales que la propician son mayores). Según estas investigaciones, los circuitos neuronales para la comprensión y gestión de las emociones son más largos en el varón y su lentitud de proceso provoca que a veces llegue tarde y otras veces que el sujeto se lo salte por pura impaciencia. También se ha comprobado que las áreas destinadas a la memoria verbal y gestión del lenguaje tienen en el hombre un 11% menos de neuronas. Ello explica su menor capacidad para la empatía, su peor interpretación de los rostros, la menor fluidez verbal y la mayor dificultad para aprender lenguas extranjeras.

 

La menor capacidad de coordinación entre la intuición y el razonamiento viene causada por el hecho de que el cuerpo calloso es un 30% menos denso y tiene conexiones más cortas. El hipocampo —que está al servicio (entre otras muchas más cosas) de contextualizar las vivencias actuales con las anteriores— es de tamaño sensiblemente menor, hecho que repercute en una mayor dificultad para recordar los detalles de las experiencias vividas. Mientras que la mujer es capaz de recordar cómo iba vestida, qué comieron, qué hablaron y mil detalles en la noche que se conocieron, es posible que el hombre solo se acuerde de si se acostaron juntos o no.

 

El área septal que gestiona la libido es 2,5 veces más grande en el varón y en la pubertad los niveles de testosterona se multiplican por 25. Esto explica por qué el hombre reacciona más rápida y fuertemente a los reclamos sexuales y por qué el clímax de su estimulación es más permanente mientras que en la mujer tiende a ser cíclico con un pico situado en torno a dos días antes de la ovulación. Otras diferencias que los psiquiatras tienen detectadas es que mientras el estrés aumenta el apetito sexual en los varones, en las mujeres lo disminuye y que el sexo femenino tiene una prevalencia doble de casos de depresión.

 

Ante los impactos emocionales muy intensos, el cerebro masculino tiende a actuar, el femenino a verbalizar. El cerebro femenino es esencialmente apto para la comunicación y la empatía y el masculino para la simplificación y la sistematización. Simon Baron-Cohen profesor de la Universidad de Cambridge, experto en autismo, llega a teorizar que el autismo es el cerebro masculino extremo, ocasionado por una producción excesiva de testosterona durante el período fetal. Curiosamente, el extremo contrario, mujer empatizadora desbordada y con capacidad de sistematización nula no es considerada patológica en nuestra sociedad.

 

Los paleontólogos justifican que las diferencias cerebrales entre ambos sexos tienen su origen en la división de trabajos del Paleolítico entre la mujer criadora de hijos y el hombre cazador. Vivimos en un mundo urbano moderno pero nuestros cuerpos siguen estando construidos para vivir en la naturaleza salvaje. Nos guste o no, la Naturaleza sigue siendo nuestro origen y sigue marcando las grandes líneas de nuestro destino. Pero los dos roles muy diferenciados que la evolución nos dio en el pasado han dejado de tener sentido en la actualidad. Como grandes manipuladores que estamos siendo de la Naturaleza, cabe que nos preguntemos si el entorno que actualmente nos rodea y los cambios que estamos efectuando en los roles por razones culturales, ¿harán que se ajuste la biología de nuestros cerebros a los nuevos equilibrios de roles?

 

Pero no tenemos por qué anular las diferencias, sino comprenderlas y gozarlas. La atracción sexual hace que nos juntemos personas con personas, pero no garantiza la comprensión mutua de las diferencias, ni tan siquiera el respeto y el trato justo. Aunque ninguna diferencia de ningún tipo —mucho menos sexual— puede justificar la pérdida de derechos de nadie, en muchos países las mujeres son tratadas legalmente como seres inferiores. En otros países en los que las leyes las reconocen como iguales, campan a sus anchas la discriminación, el machismo y la violencia de género.

 

Jamás las diferencias biológicas podrán justificar que uno de los sexos se auto otorgue superioridad. La cohabitación de las diferencias es una de las principales riquezas que puede cosechar la especie humana. Laboralmente, políticamente, intelectualmente, creativamente, las diferencias enriquecen. Solo desde el verdadero conocimiento de las diferencias se puede llegar a una aceptación y valoración de las mismas. Pero para ello tenemos que desterrar ignorancia, incultura, fanatismos y moralidades obsoletas.

 

Hombres y mujeres, y las personas que sientan incluidas en ambas categorías o en una de nueva y distinta, debemos lograr que la sociedad que reciba nuestra progenie sea más justa, más libre e igualitaria.

 

 

Para saber más:

Brizendine, Louann (2010). El cerebro femenino. RBA Libros.

Hüther,Gerald (2014). Hombres: el sexo débil y su cerebro. Plataforma editorial.

 

Sexo, género y cromosomas

Conviene recordar que hay tres clases de sexo: el biológico (mis cromosomas), el psicológico (cómo me siento) y el sociológico (cómo me relaciono en sociedad). También es conveniente recordar que al hablar de tan solo dos géneros, estamos simplificando la verdad científica. Con una incidencia cercana al 1 por 1.000 nacen varones con el Síndrome de Klinefelter, que consiste en una alteración en el número de cromosomas sexuales (ya sea con afectación de todas las células del cuerpo o no) que presentan las combinaciones supernumerarias XXY, XXXY o XXYY. Afectan al morfismo sexual del cuerpo –es típico un desarrollo mamario feminizante— y producen esterilidad. Una variante de este síndrome es conocida popularmente como síndrome de Down. También existe el síndrome XXX en mujeres que poseen un cromosoma X extra. Se trata de mujeres con órganos sexuales atrofiados, fertilidad limitada y bajo coeficiente intelectual. Su prevalencia es de aproximadamente 1 de cada 1.500 niñas. No es de extrañar que un país tan avanzado como Alemania haya decido en 2013 autorizar la inscripción de recién nacidos con un “tercer epígrafe” de “pendiente de definir”.

 

El sexo débil

Gerald Hüther, neurobiólogo de la Universidad de Gotinga, destaca que la Naturaleza prioriza la feminidad y opina que el “segundo sexo”, el “sexo débil”, es el masculino, puesto que no es más que una ligera variación genética del sexo femenino preferido por la Biología. Una variación utilitarista de la reproducción humana que las modernas técnicas de fecundación artificial convierten en muy prescindible, puesto que con el esperma de un solo hombre se podrían fecundar millones de mujeres. Hüther cree que esa percepción de inferioridad (de forma inconsciente en la inmensa mayoría de hombres) es la causante de la conducta dominante, agresiva y guerrera del hombre. Saber que la mujer es biológicamente más fuerte obliga al hombre a ocultar su debilidad recurriendo a la fuerza en el único terreno en el que le es fácil mostrar superioridad.