Poder de la inruición

 

Confiar en nuestras intuiciones

 

Texto del artículo de Llorenç Guilera publicado en la sección Mente y Ciencia del número 44 de la revista MENTE SANA que edita Jorge Bucay para RBA. Reproducido con permiso de la Editorial.

 

 

Nos consideramos seres básicamente racionales y, no obstante, la mayoría de nuestras decisiones cotidianas se basan en la intuición. Y es que, pese al prestigio del que goza nuestra mente racional, las corazonadas son y han sido siempre el motor de avance de la ciencia y la tecnología.

 

La intuición y el razonamiento, ¿se contraponen o se complementan? De acuerdo con las teorías evolucionistas, el cerebro humano es el resultado de un proceso que ha tenido lugar durante millones de años y que le ha permitido acumular sucesivas capacidades mentales, cada vez más sofisticadas, pero, al mismo tiempo, cada vez más lentas.

 

Así, se considera que el instinto fue la primera capacidad en aparecer, encontrándose ya en los reptiles y ubicada en el tronco encefálico y en el cerebelo. A continuación, surgió la gestión de las emociones, la segunda capacidad, situada en el sistema límbico del cerebro de los mamíferos más primitivos. La tercera capacidad, la intuición, requirió el desarrollo de la corteza cerebral y apareció con los primates superiores. Finalmente, se especula que la cuarta capacidad, la del razonamiento, emergió en los homínidos, concretamente como una especialización del hemisferio cerebral izquierdo.

 

Cada nueva inteligencia cerebral opera a partir de las respuestas generadas por las capacidades anteriores, y tiene la misión de ratificar o rectificar las actuaciones impulsadas por ellas. Por esta razón, en todo momento y en cualquier circunstancia de nuestra vida, el instinto constituye nuestro motor primario: él es quien nos guía en la búsqueda del placer y el bienestar y nos ayuda a esquivar el dolor y el malestar.

Por su parte, las emociones son las respuestas fisiológicas automáti-cas a nuestras apetencias o rechazos instintivos, y —tal como descu-brió el neurocientífico António R. Damásio, premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica en 2005— las emocio-nes vienen acompañadas de respuestas corporales que hacen que aceptemos o rechacemos lo que el exterior nos ofrece, mucho antes de que nuestra parte racional tome conciencia de lo que está pasando.

 

A continuación:

la parte derecha de nuestra corteza cerebral contrasta esta información instintiva y emocional, que ha obtenido de forma automática, con el recuerdo de experiencias similares vividas hasta entonces, y extrae instantánea-mente una certeza sobre cuál debe ser nuestra actuación. Esto es lo que llamamos intuición.

 

No obstante, inmediatamente después, el hemisferio izquierdo de la corteza cerebral procesa esa misma información, que es analizada y sometida a deducciones e inducciones. Es lo que llamamos razona-miento, un proceso mucho más lento y cuyos resultados no están siempre en conformidad con los proporcionados por el instinto y la intuición.

 

La intuición no es una capacidad innata, sino que depende de nuestra experiencia vital. El instinto y la capacidad de detección de las emociones son innatos. La intuición y el razonamiento, no.

 

De hecho, la intuición se basa en el instinto y en el recuerdo de las emociones experimentadas anteriormente en situaciones similares a la actual. El razonamiento, por su parte, analiza los datos externos percibidos y deja totalmente de lado las emociones que estos han generado.

 

En cuestión de décimas de segundo, la intuición genera una respuesta acompañada de una elevada sensación de certeza.

 

Pero, ¿es siempre acertada esta respuesta? Por supuesto que no. La intuición no es infalible, como tampoco lo son los instintos ni los pensamientos racionales, ni ninguna de las funciones de la mente. Entonces, ¿debemos confiar en nuestras intuiciones? Claro que sí, incluso mucho más de lo que la educación formal actual propugna. No podemos confiar en ella al cien por cien, pero debemos pensar que, si nuestros antepasados pudieron transmitirnos sus genes, fue porque tuvieron intuiciones lo suficientemente acertadas como para mantenerse con vida hasta, como mínimo, la procreación.

 

Pero debemos aprender a calibrar la calidad de las propias intuiciones en nuestra vida cotidiana y laboral. No es factible que nuestra intuición tenga el mismo nivel de éxito y, por ende, de credibilidad en todos los aspectos de la vida. La intuición se basa en la experiencia, y nadie puede presumir de ser experto en todo. Así, fijémonos en que nuestra vida en la sociedad del bienestar se apoya muy a menudo en la confianza que otorgamos a los expertos. Disponemos de avances tecnológicos, de capacidad de cálculo y de análisis, pero, sin el criterio de los expertos, nos sentimos perdidos en un mundo de datos y más datos. El experto sabe más allá de los datos que observa. Sabe cosas que le cuesta explicar y justificar, pero que provienen de su experi-encia acumulada. Nuestra vida es cómoda y exitosa, porque confiamos en los médicos, en los asesores, en el servicio meteo-rológico, en los profesores universitarios, en los fontaneros, en los pilotos de aviación, en los conductores de autobuses… En definitiva, porque confiamos en cualquier clase de profesional que dispone de un saber hacer de su oficio gracias al ejercicio continuado del mismo.

 

Numerosos avances han tenido su origen en el pensami-ento intuitivo de sus investigadores.

 

Actualmente, la mayoría de centros educativos enseñan a desconfiar sistemáticamente de la intuición y a confiar ciegamente en el pensa-miento racional. No informan de que la razón no es infalible y que, a menudo, está repleto de ilusiones de control, de desviaciones prota-gonizadas por las emociones y de errores en su aplicación, tal como demostró en sus investigaciones el psicólogo y economista Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía en 2002.

 

Desde la época del filósofo René Descartes (siglo XVII), hemos colo-cado la mente racional en un pedestal. Es muy probable que se lo merezca porque, en definitiva, ha sido el motor principal del progreso científico y tecnológico; pero hemos despreciado injustamente la intuición, olvidando que, sin ella, no existirían ni inventos, ni descubri-mientos, ni innovaciones, ni creatividad alguna. La realidad es que para que la mente racional sea útil, se precisan tres condiciones muy estrictas: en primer lugar, que el problema esté perfectamente defi-nido, en segundo lugar, que se disponga de toda la información nece-saria; y, por último, de disponer del tiempo necesario para aplicar los procedimientos que se consideren adecuados.

 

Pocas veces, estas tres condiciones se satisfacen simultáneamente. La inmensa mayoría de las situaciones o de los problemas de nuestra vida se encuentran mal definidos, por lo que carecemos de todos los datos que serían necesarios o, lo que es peor, nos sentimos apabu-llados bajo el exceso de información que se nos ofrece. Por otro lado,

 

la vida nos apremia casi siempre y nos obliga a tomar deci-siones sin tiempo suficiente para proceder a un análisis racional sistemático.

 

“Tengo que decidirme entre dos ofertas de trabajo, pero, si me demoro más de veinticuatro horas, perderé la opción que más me atrae intui-tivamente”. “He flirteado con varias personas, pero ha llegado el momento de que me comprometa seriamente con una de ellas, si quiero evitar disgustos”.

 

Cada día echamos mano de la intuición miles de veces. Por el contra-rio, podríamos contar con los dedos de una mano las veces que, al cabo del día, tomamos una decisión o resolvemos un problema utilizando únicamente la mente racional.

 

La mente intuitiva está activa siempre y, en cualquier situa-ción, nos proporciona su dictamen y su sensación de certeza.

 

Si tenemos el problema bien definido y, además, contamos con suficiente información y tiempo, será preferible que recurramos también a la mente racional, para que ratifique o rectifique las conclusiones intuidas. Pero, si nos falla cualquiera de las tres condiciones, estamos obligados a hacer caso a nuestra intuición. A la hora de adentrarse en tierra ignota, no es conveniente mandar a los ejércitos regulares sin haber explorado antes el terreno. De manera análoga, no deberíamos adentrarnos directamente con la mente racional en aquellas situaciones novedosas para nosotros, sin haber hecho previamente una prospección con la mente intuitiva. La intuición hará la exploración previa que guiará las operaciones de conquista y ocupación de los territorios por parte de la mente racional. Aunque nos resulte chocante, la intuición guía la mayoría de las decisiones que tomamos.

 

La historia de la ciencia está salpicada de ejemplos en los que la intuición ha sido imprescindible para que cuajara un invento o un descubrimiento determinado.

 

Cuando Arquímedes se sumergió en la bañera y desplazó hacia arriba el agua, intuyó su famoso principio. Cuando Isaac Newton recibió el impacto de una manzana en su cabeza, intuyó que la manzana obede-cía a una ley universal. Johannes Gutenberg acudió a una fiesta de la vendimia e intuyó que, si se podían prensar las uvas, también se podían prensar letras contra el papel. Charles Babbage observó cómo trabajaba un telar de Jacquard e intuyó que las combinaciones de agujeros en una tarjeta de cartón podían contener un programa para gobernar una máquina automática de cálculo. Friedrich A. Kekulé soñó con serpientes que se mordían la cola y se burlaban de él, y compren-dió que la estructura molecular del benceno era cíclica. Elias Howe soñó que unos caníbales lo agredían con una lanza de punta horada-da, y resolvió así cómo tenían que ser las agujas de su máquina de coser. Niels Bohr soñó que se encontraba en un sol apagado y que varios planetas giraban a su alrededor atados por cables; sueño que le inspiró para establecer la estructura del átomo, que tanto le había estado obsesionando.

 

Todas estas situaciones tienen en común una preocupación previa de su protagonista por el tema en cuestión, que, a menudo, derivó en una auténtica obsesión y en un ingente trabajo de búsqueda para hallar la solución. En todos estos casos es evidente que, pese a estar siempre presente, la intuición no bastó para dar con la solución buscada. Pero también es cierto que la mente racional, en solitario, todavía resulta mucho más estéril, al carecer de las condiciones requeridas para poder ofrecer resultados útiles. Y es que solo cuando la intuición ha abierto una brecha en la “tierra ignota”, la mente racional puede aplicarse a fondo para conquistar una nueva frontera de la ciencia.

 

Las corazonadas también tienen su fundamento y son el complemento de nuestra razón.

 

Tanto en nuestra vida profesional como en nuestra vida cotidiana, el reto es el mismo: equilibrar y armonizar el uso de nuestra mente intuitiva y nuestra mente racional. Es un error pensar que se contra-ponen, porque, en realidad, son dos capacidades que se complemen-tan. Debemos intentar razonar todos nuestros impulsos y todas nuestras apetencias, pero sin olvidar nunca que, aunque la mente intuitiva –lo que tradicionalmente se ha llamado “corazón”– no siempre esté acertada, siempre tiene sus razones.

 

El corazón, como su nombre indica, “co-razona”. Escuché-moslo, pues.

 

 

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