Corazón inteligente

 

La inteligencia del corazón

 

Texto del artículo de Llorenç Guilera publicado en la sección Mente y Ciencia del número 89 de la revista MENTE SANA que edita Jorge Bucay para RBA. Reproducido con permiso de la Editorial.

 

 

 

El corazón no solo bombea sangre: es un componente esencial de la inteligencia emocional. Emite señales electromagnéticas y produce hormonas que afectan a todo el organismo y ayudan a regular nuestro bienestar.

 

La sabiduría popular siempre ha dado por supuesto que los pensamientos negati-vos generan “mala sangre” y pueden acabar dañando al corazón, y al mismo tiempo, hay gente con “buen corazón” que sabe transformar la “mala sangre” en pensamientos y actitudes positivas.

 

Los recientes descubrimientos de la neurocardiología han aportado nuevas y sorprendentes explicaciones científicas a esta consabida interrelación entre los pensamientos y las emociones, entre nuestro corazón y nuestro cerebro. La neurocardiología ha puesto en evidencia que el corazón actúa con cierta autono-mía, que tiene su propia inteligencia y que manda en todo momento bioinforma-ciones al cerebro que afectan profunda mente al funcionamiento del mismo.

 

John Andrew Armour, de la Universidad de Montreal, desveló en 1991 que el corazón dispone de un complejo sistema nervioso intrínseco formado por una red de más de 40.000 neuronas, neurotransmisores, proteínas y células de apoyo, y que es lo suficientemente sofisticado como para calificarlo de “pequeño cerebro” por derecho propio.

 

En las dos últimas décadas, se ha profundizado en esta vía y se ha demostrado que el corazón aprende, recuerda, percibe y hasta siente sin intervención del cerebro. El corazón es capaz de “tomar decisiones” propias e independientes de los “mandatos” enviados desde el cerebro. Y no solo eso: hay más comunicación del corazón hacia el cerebro que a la inversa, y el corazón puede inhibir o reforzar los mandatos del cerebro según las circunstancias concretas. Se ha demostrado también que el corazón produce la hormona FNA, que colabora en la obtención del equilibrio general de las constantes vitales (la homeostasis) y sirve para inhibir la producción de la hormona del estrés y para liberar la oxitocina (la llamada “hormo-na del amor”).

 

El corazón es un órgano fundamental que nos mantiene vivos porque bombea la sangre que, a través del sistema circulatorio, aporta al cerebro y al resto del cuerpo los nutrientes (o toxinas) procedentes de nuestra alimentación.

 

Pero no es una bomba pasiva. Hoy sabemos que genera la onda que produce la presión sanguínea, que inyecta hormonas al torrente sanguíneo y que manda comunicación electromagnética de varios metros de alcance.

 

El corazón es, de lejos, el órgano de nuestro cuerpo que produce mayor cantidad de electricidad. El campo magnético del corazón es un potente imán corporal, es el motor electromagnético más importante y potente de todo el organismo.

 

Las ondas electromagnéticas que produce tienen una potencia cinco mil veces superior a las del cerebro. Envuelven nuestro cuerpo en un ámbito de 360 grados y de entre dos y tres metros de alcance y son perfectamente medibles mediante magnetocardiogramas.

 

Cuando estamos sintiendo frustración o rabia, las señales del corazón son inesta-bles y caóticas. Cuando sentimos amor, compasión o gratitud, las señales son estables y ordenadas. O sea, que de su buen o mal funcionamiento depende, no solo nuestro bienestar o malestar, sino también el de las personas que nos rodean. La idea de que hay personas tóxicas que hay que evitar y personas cuyo trato nos enriquece y nos aporta paz espiritual cobra, con estos conocimientos, una convic-ción mayor.

 

Los científicos australianos han descubierto que ciertas tortuguitas de agua dulce al nacer sincronizan los latidos del corazón de todo el grupo para romper al uníso-no los cascarones de sus huevos y cruzar una peligrosa zona en la que acechan sus depredadores. Dos o más personas también pueden sincronizar los latidos de sus corazones. Es lo que acontece entre las madres y sus bebés, entre amantes, entre buenos amigos, en una orquesta sinfónica, en una hinchada que celebra como un solo hombre los goles de su equipo. Modernas técnicas de psicoterapia se basan en la búsqueda de la sincronización cordial entre terapeuta y paciente. Un buen ejemplo de ello lo hallamos en los métodos de la doctora Linda Russek de Tucson, EE. UU.).

 

En cierto modo, las emociones son la consecuencia de la regulación del sistema nervioso autónomo (SNA). Como es bien sabido, el SNA está compuesto por dos ramas o sistemas de funciones contrapuestas: el simpático, que acelera los ritmos vitales (el causante del estrés), y el parasimpático, que los frena y reduce (estimu-lado mediante descanso y relajación).

 

Una función cardiaca armónica solo se consigue cuando hay equilibrio entre estos dos sistemas, el simpático y el parasimpático.

 

En un extremo tendremos la ansiedad, el estrés, la agresividad y las emociones negativas. En el otro extremo, la pasividad, el aplatanamiento improductivo, la falta de energía vital.

 

Una de las peores amenazas del corazón es el estrés. O quizá deberíamos decir “el exceso de estrés”. Un nivel moderado de estrés es beneficioso porque potencia nuestras capacidades perceptivas y cognitivas, nuestra concentración y nuestra motivación para conseguir los objetivos. Pero con el estrés pasa lo mismo que con muchas sustancias venenosas: a pequeñas dosis puede ser una medicina curativa; a dosis excesivas, mata.

 

Si el corazón manda al cerebro señales incoherentes y caóticas, algunos centros cerebrales tendrán problemas para funcionar correctamente. Pero si somos capa-ces de convertir estas señales en señales estables y ordenadas (ya sea mediante psicofármacos o estimulación eléctrica, o mediante una respiración profunda, meditando o relajando nuestros músculos), el cerebro percibirá mejor lo que le aportan los sentidos y podrá funcionar con mayor eficacia.

 

No perdamos de vista lo que hemos aprendido: sabíamos que el cerebro puede cambiar el funcionamiento del corazón y del resto del cuerpo; ahora sabemos además que el corazón y el resto del cuerpo pueden cambiar el funcionamiento del cerebro.

 

La salud cardiovascular condiciona la salud de la mente.

 

De hecho, cada vez son más las psicoterapias que se basan en esta visión rever-tida: relajar el cuerpo para relajar la psique. En los ambientes de altos ejecutivos se está extendiendo el uso de un dispositivo sensor de la onda cardiaca llamado Emwave que permite, con el apoyo de una aplicación para PC, que una persona pueda controlar su estrés con el entrenamiento debido y con tan solo siete minutos diarios de dedicación.

 

El objetivo es alcanzar la coherencia fisiológica: que los sistemas simpático y parasimpático trabajen en equilibrio. Se trata de conseguir la armonía en las interrelaciones de los sistemas circulatorio, respiratorio, digestivo, hormonal y neurológico. La sincronización de ritmos. La eficacia biológica.

 

El cuerpo humano está compuesto por un conjunto de órganos que debería funcionar de forma coordinada. El hígado, el pulmón, el riñón, el cerebro… actúan con su propio ritmo en la orquesta que produce la sinfonía del organismo. El corazón es el oscilador maestro, el portador de la batuta que marca el ritmo de todos los miembros de la orquesta. Cuando el director de la orquesta maneja de forma caótica la batuta, la sinfonía no puede sonar armónica.

 

Ensayos clínicos han demostrado que la coherencia cardiaca también contribuye a eliminar o reducir la hipertensión, la diabetes tipo II, las arritmias y el síndrome de déficit de atención en niños.

 

Los neurobiólogos siguen estudiando hasta qué punto podemos actuar sobre la conexión entre la inteligencia del cerebro y la inteligencia del corazón. Según el doctor Howard Martin, uno de los recursos utilizados por el Instituto HeartMath son los ejercicios de concentración consciente de la atención en la respiración y la zona anexa al corazón. Pero la técnica que les ha dado mejores resultados es la de motivar a las personas en la experimentación de emociones positivas como grati-tud, afecto, compasión... Es decir, la conciencia y control de las emociones y su conexión con los pensamientos vinculados a ellas. Desde este punto de vista, no deja de ser una aportación de la neurocardiología a la ya sumamente extendida concepción de la llamada “inteligencia emocional”. Si reducimos el estrés y entra-mos en un estado de mayor coherencia entre cerebro y corazón, viviremos con mayor salud y equilibrio personal, seremos más eficaces y más determinantes en nuestras relaciones interpersonales.

 

Si logramos la armonía entre corazón y cerebro, proyectaremos un magnetismo positivo en los campos geomagnéticos de varios metros de alcance que nuestro corazón proyecta y expandiremos serenidad y calma a las personas con las que interactuamos. Es decir, fomentaremos la paz y la concordia en la sociedad que nos rodea.

 

La armonía cardiológica es un componente esencial de la inteligencia emocional.

 

Si aprendemos a tener “buen corazón”, a apartar de él las emociones negativas, nos abriremos a los demás, a pensar de forma altruista y a querer mejorar el mundo que nos rodea. Y nuestra salud (la de la mente y la del corazón) nos lo agradecerá.

 

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Para pensar en positivo

 

Controla tus latidos.

El latido rítmico del corazón influye en los procesos cerebrales que controlan el sistema nervioso autónomo, la función cognitiva y las emociones. En consecuencia, si puedes controlar ese ritmo, evitarás “en origen” que el cerebro genere emociones negativas.

 

Fíjate en tu corazón.

Los científicos de HeartMath proponen una técnica para superar las situaciones de estrés. La llaman Freezeframe (congelar la imagen) y consiste en centrar la conciencia en suspender los pensamientos y sentimientos negativos y focalizar la atención en la zona del corazón.

 

Siente la respiración.

Siente que inhalas con el corazón y exhalas a través del plexo solar (ubicado apenas encima del ombligo). A continuación, haz un esfuerzo sincero por evocar un sentimiento positivo: el amor por una persona, un lugar favorito, una experiencia o recuerdo agradable...

 

Mantén las sensaciones.

Pregúntate qué acción te ayudaría a estabilizar el sistema nervioso. Procura percibir cualquier cambio positivo en tus sensaciones y trata de sostenerlo tanto tiempo como te sea posible.

 

Reseña del artículo por Coaching Almudena Alcaide.

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