¿Existe la telepatía?

 

Las nuevas capacidades de la mente

 

Texto del artículo de Llorenç Guilera publicado en la sección Mente y Ciencia del número 49 de la revista MENTE SANA que edita Jorge Bucay para RBA. Reproducido con permiso de la Editorial.

 

El inmenso poder de nuestro cerebro todavía es terreno inexplorado. Intuiciones, sincronismos, coincidencias o incluso la capacidad de comunicarnos sin palabras son fenómenos que existen. El reto de la ciencia ahora es demostrar qué mecanismos los crean y cómo potenciarlos.

 

Poder saber en todo momento lo que piensa otra persona es el desiderátum de cualquier humano. Es el deseo de la comprensión absoluta de la mente del otro. Es la facultad que se le atribuye a Dios y que, en consecuencia, nos haría casi divinos en la comunicación.

 

Saber qué piensan los demás nos proporciona ventajas innegables: nos permite empatizar con las personas que nos atraen, nos optimiza el trabajo en equipo con nuestros colaboradores, nos proporciona la manera de engañar y vencer a nuestros rivales, nos da posición de ventaja en nuestras relaciones profesionales. Es, también, la vía ideal para lograr tener una relación de pareja perfecta y altamente compenetrada. Por eso, cuando se nos produce eventualmente la capacidad de prever los pensamientos ajenos, nos sentimos tan felices y satisfechos.

 

Pero, ¿cuándo se produce esta maravillosa experiencia? ¿De qué depende? En primer lugar de la capacidad de conocimiento del otro. O sea, de nuestra capacidad de observación de cómo se mueven y se comportan nuestros interlocutores. Las conductas, las palabras y, sobre todo, la comunicación no verbal nos expresan qué piensan y qué sienten las personas y nos enseñan qué van a pensar y qué van a sentir en futuras circunstancias. Decimos los psicólogos que (por suerte o por desgracia) el mejor predictor de la conducta de una persona suele ser su conducta pasada. Lo mismo podemos decir de sus pensamientos y de sus sentimientos. Cuando conocemos a una persona, podemos captar perfectamente sus emociones y sus pensamientos a través de sus matices en el tono de voz, sus silencios, sus carraspeos, sus posturas corporales, sus expresiones faciales.

 

Hay personas que desarrollan tal complicidad que saben lo que sienten con tan solo mirarse.

 

Es la compresión de la mente ajena por la vía de la percepción directa, muy común entre la gente que ha convivido a fondo durante períodos prolongados. Se conocen tan profundamente que saben respectivamente lo que piensan y lo que sienten sin necesidad de cruzarse una palabra. En orden decreciente, se ha comprobado que este tipo de comunicación es frecuente entre los gemelos univitelinos, seguidos de los gemelos bivitelinos, las parejas de hermanos, las madres con sus hijos, los padres con sus hijos y las personas con fuertes lazos de unión.

 

De hecho, es una vía de comprensión mutua que funciona también con nuestras mascotas. Los animales domésticos son muy emocionales y muy buenos observadores de nuestras expresiones faciales y corporales. A principios del siglo XX se hizo famoso en Alemania el caballo Hans. Su domador, Von Osten, asombró a los científicos de la época afirmando que, gracias a su concienzudo entrenamiento, el caballo había aprendido a contar y a realizar las cuatro operaciones aritméticas básicas. La planteaban al animal cualquier cálculo fácil, por ejemplo 23 más 21, y el caballo respondía con 44 golpes de su pata. Los científicos, desconfiados por obligación metodológica, pensaron que Von Osten hacía alguna pequeña señal a Hans de cuando tenía que parar de dar golpes. Le ausentaron de la sala y ensayaron con otra persona que formulara las preguntas. Hans golpeó cada vez el resultado exacto de lo que se le pedía. Esto demostró que no funcionaba bajo señales fraudulentas de su domador. ¿Sería realmente el caballo Hans, una excepción a toda su especie y habría aprendido a calcular? ¿O tendría, quizás, capacidades telepáticas? Los científicos siguieron con rigor su método y el siguiente paso que plantearon fue que Hans recibiera las instrucciones sin ver la cara de la persona que se las formulaba. En estas circunstancias, Hans ni siquiera empezaba a golpear con su pata. Refinando la investigación, pudieron demostrar que Hans sólo calculaba bien si alguna persona enfrente de él sabía el resultado y quedaba a la expectativa. El caballo Hans no sabía aritmética, pero era un gran lector de las expresiones no verbales de sus interrogadores y reconocía en sus caras y en sus posturas corporales la ansiedad de cuándo tenía que dejar de patear.

 

A través del análisis de detalles, la mente racional puede deducir qué está pensando otra persona.

 

Muchos casos de lectura de la mente ajena tienen este fundamento. Otros casos se fundamentan en la pura deducción lógica. Analizando detalles y circunstancias, en ciertas situaciones, una buena mente racional puede prever qué estará pensando su interlocutor. En cursos especializados para vendedores o para negociadores se enseñan ejemplos y estrategias para ello.

 

Los neurocientíficos se vienen preguntando en las últimas décadas qué partes de nuestro cerebro son las desarrolladas por la evolución para ayudarnos a entender las mentes ajenas. En este sentido fue crucial el descubrimiento efectuado en 1996 por Giacomo Rizzolatti de la Universidad de Parma. Se trata de las llamadas “neuronas espejo”. Cuando observamos una persona realizando una acción motora concreta o experimentando una emoción fuerte, las neuronas que se activan de manera más marcada en el sujeto observado se corresponden con un efecto espejo sobre las neuronas equivalentes del observador. Aún cuando el observador esté quieto y no reproduzca lo que está viendo. Se activan las neuronas espejo por el simple hecho de estar haciéndose la representación mental de la acción. Captar una acción o una emoción, comprenderla, representa activar las mismas neuronas que nos llevarían a la acción. El sistema de espejo neuronal nos permite comprender las acciones, sensaciones y emociones de los demás cuando observamos qué hacen. Muchos científicos creen que las neuronas espejo son la explicación neurofisiológica de la empatía. La doctora Francesca Happe del King’s College de Londres afirma en un congreso de 2007: ”Hemos descubierto regiones específicas en la parte media y delantera del cerebro que sólo aumentan su actividad cuando la persona lee la mente de otro”.

 

Quizá sea conveniente recordar que la Física Cuántica ha demostrado que en ciertas partículas hay interacciones no locales, es decir interacciones instantáneas a distancia que no pueden explicarse por la Teoría de la Relatividad ni por ningún sistema capaz de enviar información de una partícula a otra y que nos obliga a pensar que a nivel cuántico hay una unidad.

 

Otros experimentos han demostrado que cada palabra, cada significado provoca una estimulación neuronal distinta y distintiva. Tom M. Mitchell de la Universidad Carnegie Mellon ha comprobado que el cerebro es activado por cada palabra que leemos o escuchamos de una determinada forma que es función de la relación que este término tiene con el sistema sensorial y motor. Llevando la idea al extremo, cabe pensar que en un futuro (esperemos que lejano) se puedan construir supercomputadoras que, analizando las estimulaciones neuronales del cerebro, interpreten claramente qué está pensando el sujeto.

 

Pero ¿existe también la vía extrasensorial? ¿Existe la telepatía? ¿Hay en verdad personas capaces de captar el pensamiento de otros a distancia, sin apoyarse en las percepciones físicas que antes hemos mencionado? Aparentemente sí.

 

Se han reportado miles de experiencias supuestamente telepáticas. A modo de ejemplo, citaremos uno de los casos recogidos por el centro de investigación Rhine, de la Universidad de Duke, (EEUU), que posee un magnífico archivo con multitud de experiencias reportadas: Un hombre está al volante de su coche cuando de pronto, siente en el pecho un dolor tan violento que se imagina que va a morir. Por una acción refleja, logra detener el coche. El dolor desaparece casi . El hombre regresa inquieto a su casa y resuelve consultar al médico. Suena el teléfono y le comunican que, en el mismo instante que había sentido aquel dolor, su hijo moría en la carretera, en accidente de automóvil, con el pecho aplastado contra el volante.

 

Muchos científicos reputados comparten la creencia popular de que la telepatía existe. Quién más, quién menos, todos hemos experimentado alguna comunicación telepática con un ser querido en unos instantes determinados. ¿Se trata de simples coincidencias? La verdad es que, a día de hoy, aún no se ha podido demostrar científicamente la existencia de la telepatía. Parece ser que existe, pero no sabemos todavía en qué fenómenos físicos se basa y, en consecuencia, no sabemos construir experimentos reproducibles a voluntad del científico. Muchos científicos han reportado comunicaciones intrigantes, aparentemente telepáticas, con frecuencias aleatorias y sin una capacidad de predicción determinista de las mismas. Entre ellos podemos citar a Paul Stevens de la Universidad de Edimburgo y los rusos Vladimir Bechterev y Leonidas Vasiley que efectuan los experimentos con privación de las capacidades sensoriales normales (ganzfeld).

 

La telepatía podría estar relacionada con la capacidad de recibir ciertas ondas cerebrales.

 

Una de las teorías sobre la telepatía busca su justificación en las ondas cerebrales. El físico Schumann demostró en 1952 que el rebote en la ionosfera de las ondas electromagnéticas crea unas resonancias de baja frecuencia (el pico principal a 7,8 Hz) que están en la misma franja que nuestras ondas cerebrales en el estado de semiinconsciencia o duermevela (el estado que se provoca en los experimentos ganzfeld). Todos somos emisores de ondas de distintas frecuencias (todas muy bajas) según nuestro estado de conciencia. Calvin Hall, y otros científicos americanos, realizaron experimentos sobre la telepatía en las distintas fases del sueño. Descubrieron que en la fase REM las capacidades telepáticas están abiertas a cualquier sujeto. Todos podemos ser, en teoría, receptores de las ondas emitidas por nuestros congéneres. Los rusos Mikhail Kuni y Wolf Messing, por su parte, llegaron a la conclusión de que los mejores emisores son los sordomudos. No es de extrañar porque es sabido que cuando tenemos una minusvalía en alguno de nuestros sentidos, los restantes sentidos tienden a desarrollarse más.

 

El análisis de la comunicación no verbal y la empatía son las claves para comprender a los demás.

 

Existen personas que presumen de captar los pensamientos (o deseos) ajenos y viven de ello. Son los llamados mentalistas. Unos recurren a simples trucos de ilusionista; otros son grandes conocedores de la psicología humana, dotados de una gran capacidad de observación de los más mínimos detalles y de grandes dotes de deducción.

 

Lo que está claro es que no hemos aprendido a controlar a voluntad nuestra capacidad de receptores de ondas cerebrales. Mientras la ciencia no nos explique cómo podemos desarrollar nuestra telepatía, lo aconsejable es atender a los consejos que nos da la Psicología Social: observar la comunicación no verbal de nuestros interlocutores y aprender a averiguar cómo se sienten cómo el camino más seguro y efectivo para interactuar con sus mentes. Nuestro éxito laboral y social mejorará con esto y, lo que es aun más importante, podremos conseguir mejores niveles de comprensión mutua y feliz con los seres que más queremos.

 

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